Federica Salvador es una sommelier mendocina que luego de tener experiencias y trabajar en su actividad en España, Estados Unidos, y en nuestra provincia, fue contratada como “Head Sommelier” en una importante línea de cruceros de alta gama en 2018. Luego fue promovida a Cellar Master (jefe de Sommeliers), y en su última travesía la sorprendió la pandemia del coronavirus cuando ya estaba terminando su periplo, y quedó varada durante 4 meses, y sus peripecias para retornar al país fueron terribles y cargadas de angustia.

“Federica del Vino” (tal su nombre en las redes sociales) tuvo destinos en su tarea por Alaska en el viaje denominado Transpacífico, ya que cruza el Pacífico durante varios días de navegación hasta Japón, pasando por Hawaii, y desde allí realizó otras travesías para visitar las ciudades más importantes del Sudeste Asiático, en lugares tan remotos como Hong Kong, Seúl, Tailandia, Vietnam, Malasia y Singapur. También tocó puertos en México, Costa Rica, Ecuador, Perú, Chile, la Antártida, Islas Malvinas, Uruguay, Brasil, y el Caribe (Puerto Rico, Barbados, Bahamas, Aruba, etc.).

-¿Contános tu historia?

-Trabajo en un barco. Normalmente, me alejo de casa por siete meses. Es lo que duran mis contratos, aunque pueden alargarse un poco. Esta vez, se alargó demasiado. Comencé en agosto, terminaba en marzo. Pero volví en junio. Cuatro meses más tarde. Tardé 160 días en retornar. En el medio ¿qué pasó? Una pandemia mundial. No hablo figurativamente de una historia apocalíptica. Tampoco de algo que suene irreal. Mi historia no es innovadora en su origen. Pero es particular en su desarrollo. Esta es la forma en la que me tocó vivir la cuarentena. Vivimos en un palacio flotante, en la parte baja. Donde las olas se hacen oír. Viajamos por el mundo, a lugares de ensueño. Y a veces, los vemos solo en sueños. Ya que nuestros horarios son largos, no siempre podemos bajar a puerto. Ser marinera no es fácil. Es un ambiente respetuoso por imposición. Las reglas son claras. Y el compromiso para cumplirlas, también. Allí radica el éxito. Somos una mezcla precisa de comportamiento militar y cordialidad hotelera.

-¿Y después de un largo viaje ya estabas dispuesta a volver a Mendoza?
-Ya era mi último viaje, y mi último tramo. El crucero, que comenzó el primer día de marzo en Buenos Aires, debía terminar el 15 en Santiago de Chile, donde yo iba a bajarme. Después de casi siete meses de trabajo, había llegado mi momento de descansar.

Aprovechando la doble estadía en la capital argentina, decidí bajar y buscar una peluquería. Quería estar hermosa para cuando comenzara mis vacaciones. Me hice el pelo, las uñas. Me compré ropa, lencería. Todo estaba listo para salir a la vida. Yo estaba a punto de volver a casa. A días de lograrlo. Cansada, pero feliz. El día 2 de marzo, el barco abandonó Buenos Aires en dirección al sur de Argentina. Luego giraría hacia el norte, desde Ushuaia. Ya en Chile, visitamos Punta Arenas, luego Puerto Montt y finalmente, arribaríamos al puerto de San Antonio, el más cercano a la capital, Santiago. Todo transcurría con normalidad. Salvo, esas noticias en los canales de televisión que comenzaban a hablar más y más de una enfermedad en China.

-¿Y qué pasó?

– La llegada a puerto era a las ocho de la mañana y a eso de las seis, el Capitán anunció que Chile no nos permitía bajar. Acababa de cerrar sus fronteras. Eso constituyó un choque directo, frontal contra el muro Covid. Que el país hubiese cerrado su frontera, implicaba que no nos dejaban bajar. Que nadie podía irse a su casa. Que los siguientes pasajeros que estaban esperando en tierra para subirse al barco y comenzar su crucero, no podrían hacerlo, pero tampoco podrían salir de Chile. El estrés estalló en todos. Los huéspedes entraron en crisis. Vuelos que los esperaban para llevarlos de vuelta a su hogar, se cayeron. Incertidumbre sobre qué sucedería. Muchas parejas con hijos que habían dejado al cuidado de familiares. La obligatoriedad de volver al trabajo. Las mascotas que quedaron con el vecino, o el amigo. Sin duda, estar en sus zapatos era algo tremendo. Pero mis zapatos tampoco eran cómodos. Yo debía terminar, irme a casa. Después de tantos meses de trabajo duro, era hora de ver a mis hijos. Uno de 9 y otro de 3 años. ¿Cómo se puede tener una vida relativamente común con un trabajo así? Bueno, nuestra vida no es común.

-¿Y cuando llegaron a San Antonio?

– Chile, finalmente había dicho que no nos autorizaba. Lo más importante era descender. Pero no menos importante era poder cargar el barco con provisiones y combustible. No sólo no podíamos salir de esa ciudad flotante, sino que tampoco tendríamos suficiente comida, agua ni fuel. No obstante, el comandante del barco y su equipo, muy ingeniosamente habían logrado que les dieran permiso para reabastecernos en otro lado. Partimos para Valparaíso de inmediato. Una vez allí, Chile había negado completamente la bajada de pasajeros. Tampoco dejaría que cargásemos mercadería en el puerto. Sin embargo, sí permitiría que solamente, los ciudadanos chilenos regresasen a casa, usando un bote que los llevaría hasta la costa. Nos dejarían poner combustible, comestibles y agua, flotando. Chile no nos permitió bajar y nos tuvo 5 días en sus aguas para poder cargar combustible, agua, medicinas y comida. En ese lapso, se fueron cerrando el resto de los países de la costa pacífica.¡Cuánta frustración y rabia! Hasta ese momento, no teníamos ni un solo caso de Covid a bordo. La sensación de sentirnos rechazados y apuntados con el dedo era humanamente detestable. Nuestro estado emocional era muy frágil. El clima de tristeza general, había cambiado la esencia de lo que es un crucero habitual. Los viajeros internacionales estaban desilusionados, impotentes, rabiosos y desconcertados. Ninguno de los esfuerzos diplomáticos había funcionado. En ese punto, el Capitán tuvo que anunciar formalmente, cuál sería el plan a partir de allí: nos iríamos a San Diego, California.

-¿Y esa parte del viaje siguió de manera normal a un crucero?

-No teníamos infectados de Covid a bordo, por lo que se continuó con “la vida normal”. A los pasajeros se les bonificó el siguiente crucero. Ellos debían ser atendidos con el estándar de servicio que merecían. Los restoranes debían seguir operativos, el teatro, los bares, el gimnasio, el spa, la piscina. Todo eso sumado a la sonrisa del staff es lo que conforma la experiencia de un crucero. La compañía naviera había decidido no cobrar absolutamente nada. ¡Estaban disfrutando de 15 días más de vacaciones, gratuitas! Pero para los tripulantes, otro de los problemas fue la basura, que es otra de las operativas que se realizan en los puertos de embarque, donde se descarga la basura generada durante el viaje, que es reciclada dentro del barco, y consiste también en una operación sanitaria. Puesto que no pudimos realizarlo, nos vimos obligados a viajar hasta Estados Unidos con toneladas de desechos malolientes en los corredores inferiores de la nave, que son los que utilizamos cotidianamente los empleados.


-¿Y una vez que llegaron a San Diego?

-Primero empezaron a bajar los ciudadanos estodounidenses, y cuando todo parecía normal y pensábamos de qué manera volver a la Argentina (éramos 5 tripulantes de nuestra nacionalidad que habíamos terminado nuestro contrato), el Capitán anunció lo peor: ¡una de las pasajeras había mostrado signos de Covid-19, confirmado por las autoridades sanitarias de California! El proceso de descenso de pasajeros había terminado. El puerto se había cerrado otra vez, para nosotros. ¡Nos quedábamos arriba del navío!! Lo que es peor: como habíamos vivido creyendo que estábamos todos sanos, jamás tomamos ni una sola medida para evitar el contagio. ¡No sabíamos quienes podríamos estar enfermos! La paranoia nos envolvió. ¿Quién era la pasajera? ¿Quién le había limpiado el cuarto? ¿Quién había sido su camarero? ¡Todas esas personas estuvieron en contacto cercano! Y a su vez, ¿quiénes compartían cuarto con esos operarios? ¿Tenían pareja? ¿Quiénes eran sus amigos? La pasajera habría estado en el teatro, en los bares, en el spa… ¿con cuántos se habría relacionado? ¿Quiénes más podrían tener el virus? Nuevamente, se cancelaron los vuelos próximos, ya que no se nos permitió bajar a nadie más. Y de inmediato se decidió que, en las próximas horas, toda la tripulación no esencial sería puesta en cuarentena. A partir de ese momento, el encierro en nuestros camarotes implicaba no ver la luz. Se nos dio un toque de queda, a partir de las nueve de la noche, todos debíamos encerrarnos sin poder volver a salir de nuestras cabinas. Se acrecentaba la sensación de soledad, oscuridad y angustia. El dolor que sentía era tremendo. No podía parar de llorar. Desconsoladamente. Me faltaba el aire. Había apagado las luces del cuarto y estaba en completa oscuridad. Así estuve todo el día y la noche, hasta caer rendida.

Momentos duros

-¿Y cuál fue tu método de supervivencia?

-La depresión que me invadió al comienzo estaba siendo superada por mi propia voluntad de mantenerme bien para volver al hogar con mi familia. La fuerza de lograrlo residía en mi interior, no podía dejarme caer. Como toda esta maldita epidemia. A esas alturas, yo ya había adoptado un sistema saludable de supervivencia. Entre el yoga, la meditación, el estudio de ruso y ahora, luego de casi 2 meses de haber parado de trabajar, volvía a estudiar de lo mío. Era momento de retomar el conocimiento del vino.

-¿Cómo surgió la esperanza de retornar?

-No fue sino hasta principios de mayo que volvimos a escuchar el timbre de anuncio. Las cosas habían dado un giro extraño. ¡Nos íbamos a Barbados! ¡Íbamos a salir del laberinto por un agujero que se había abierto en una remota isla del Caribe! Vamos a ver: estábamos en el Pacífico, flotando a la altura de San Diego. La opción de salida era Barbados. Pero… ¿cómo llegábamos desde California al Caribe en barco? Está bien, podríamos llegar por Panamá, pero… nuestro barco era demasiado ancho para atravesar el canal. Entonces, ¿cómo íbamos a hacerlo? Bueno, ¡por México! Todo lo ilógico que se lee. México estaba abierto, y había aceptado dejarnos volar desde Puerto Vallarta hasta la isla caribeña. Sólo un detalle: teníamos permiso de paso un día preciso. El capitán puso coordenadas en el navegador, y nos direccionamos al sur. Si lo hubiésemos hecho con normal velocidad, hubiésemos llegado antes de lo pactado, así que íbamos muy pero que muy despacio. Vimos delfines, ballenas, amaneceres y atardeceres. Las comunicaciones con casa parecían de locos. Un día estábamos anclados en Estados Unidos, al siguiente surcábamos Tijuana. Pero en realidad nos direccionábamos al Caribe. Para luego volar a Buenos Aires. No tenía sentido. Pero era lo que teníamos, un plan sin sentido.

-¿Y seguían disponiendo de todo lo necesario?

– En un punto del viaje se acabaron las cosas estéticas tales como la crema corporal o la pasta de dientes. No había manera de conseguir, así que apelamos a lo que teníamos cerca. El dentífrico lo compartimos cortando el tubo en dos. La yerba mate y los saquitos de té los usamos hasta 5 veces, aunque ya pierden absolutamente todo el sabor. La crema de cuerpo fue reemplazada por manteca. Nos enmantecábamos con la del desayuno. No podíamos negar que humectaba nuestra piel curtida por el sol, y la sal del aire marino. Aunque olíamos a grasa de vaca.

-¿Y llegaron a Barbados?

-Si, sin valijas, que llegaron cuatro días después. Lo que siguió fue una nueva cuarentena en distinto barco, hasta tanto el gobierno de Argentina nos permitiera ingresar. La fecha acordada entre el Estado y nuestra Empresa, Embajador mediante y mucho trámite, estaba dispuesta para fines del mes de mayo. Lo que significaba que estaríamos poco más de diez días en Barbados. Hubo problemas con algunos miembros de la tripulación. La República Argentina dispuso a último momento, permitir el ingreso de sólo dos vuelos diarios de repatriados; para asegurarse de aplicar el correcto proceso sanitario que acompaña la llegada de la gente. Por ese motivo, nuestro arribo fue desplazado del 28 de mayo al mes siguiente. Se entendía el motivo, era lógico y responsable. Pero constituía, para nosotros, otra traba a un camino que ya había sido larguísimo y cansino.

-¿Cómo fue el vuelo final?

-En Barbados fuimos congregados todos los argentinos que trabajamos para la compañía. Nosotros sabíamos sólo de los que estábamos en el mismo barco, aquellos con los que compartíamos el grupo de apoyo en WhatsApp. Pero el día de partida, nos encontramos con los demás, los que trabajaban en otros barcos y que al estar encerrados no habíamos visto antes. Éramos aproximadamente 250. Se necesitaban 2 aviones para transportarnos. Una vez sentados en el avión charter que nos traería a la Argentina, el mismo tuvo desperfectos técnicos, por lo que estuvimos varados más de 8 horas arriba del mismo, hasta que decidieron cambiarnos a un aparato más chico, con menor autonomía, por lo que tuvo que hacer dos escalas para reabastecerse, y luego de 10 horas finalmente llegamos a Ezeiza. Y de Buenos Aires a Mendoza fue otra odisea, para ya estábamos en la Argentina, a la que tardamos 4 meses en poder volver. Luego de cruzar el país, realicé cuarentena en un hotel de la Ciudad de Mendoza, y ya me encuentro finalmente en casa, junto a mis hijos.